Tanger, Marruecos. 2023.
Claro que están los zocos, los hombres con djellabas y los dromedarios en medio del desierto.
Pero también está lo demás.
Están las mujeres veladas, el sol cálido de noviembre que quema los hombros y los sabores de las primeras veces.
La primera vez en el continente africano.
La primera vez en un país musulmán. Como mujer. Sola.
Está el cambio de moneda que no habías previsto y tu cara de póker cuando te piden dirhams.
Está la simetría perfecta y tranquilizadora de los iwanes, con sus arcos y sus molduras,
las pieles doradas por el sol
y los minaretes que se elevan por encima de todo.
Están los callejones estrechos de la Medina en los que uno se pierde
— precisamente cuando, esta vez, Google Maps no va a estar para salvarnos —,
los niños que corren a la sombra,
los zelliges,
los gatos callejeros acurrucados al sol,
los puestos de colores
y las largas escaleras de piedra que hay que subir para que te recompensen con un té frío al sol en la terraza de una explanada con vistas a la ciudad.
Están los carteles de tiendas que anuncian "gofres" o "grillade de viende" en un francés mas que approximátivo,
tu sonrisa primero,
luego la incomodidad de comprobar que tu lengua se impone más que se adopta,
y por último esa sensación francamente desagradable de ser colona.
Está el zoco y sus olores a especias,
los carros traqueteando sobre los adoquines irregulares,
las manos envejecidas por el trabajo
y las miradas de los hombres sobre tu cuerpo como sobre un trozo de carne.
Están esas diferencias.
Pero sobre todo, están los puentes que siempre conseguimos construir entre ellas.

En esta foto, nada grita "Marruecos". Sin embargo, fue sacada en la Cornisa Merkala (Tanger). El hombre frente al horizonte, mira hasta Europa. 

A veces, los clichés son más cómodos que la realidad — y la realidad, aquí, se parece mucho a nosotros.