Andalucía. 
Te vas y apenas te has ido cuando sientes que perteneces.
No es culpa tuya.
Es Andalucía.
Pensabas que era la euforia del primer viaje,
de la libertad sin límites
y de un día a día muy instagrameable.
Pero quizás es más que eso.
Quizás es el mercado central y sus hogazas de pan caliente a 35 céntimos.
Quizás son las abuelitas que te llaman guapa, reina o corazón
— palabras que, en boca de desconocidos, hasta entonces eran sinónimo de acoso callejero.
Quizás son esas noches en que se vuelve demasiado tarde
y esas mañanas en que se bebe demasiado café para compensar.
Quizás es salir en pantalón corto después del trabajo,
en estos últimos días de octubre en que las nubes han abandonado la costa,
y caminar junto al mar, ante el océano que centellea como si el verano aún estuviera ahí,
a lo largo de la playa donde,
hace más de 10 años,
se bebía Malibu a morro y Cruzcampo en lata a 50 céntimos.
Y recordar con ironía que precisamente por eso ya no se bebe Malibu.
Quizás son las comidas a media tarde,
las cervezas sosas — pero baratas —,
la hora de la siesta con las tiendas cerradas y las calles en silencio,
las tardes leyendo
— en español —
bajo el sol tibio,
hasta que el cielo se vuelve naranja
y las nubes, al final del dique, toman tonos rojo escarlata.
Quizás es mirar cada tarde cómo el mar se retira para dejar paso a las sombras negras de las rocas cubiertas de algas,
mientras de las olas que han pisado la arena clara todo el día no quedan más que charcos de agua,
quietos y apacibles,
en los que el horizonte ardiente proyecta sus reflejos cálidos.

Quizás es la sensación de ser bienvenida y las mariposas que deja en el estómago.
Quizás es eso.
Entonces, cuando ves acercarse peligrosamente el día de la partida,
para olvidar que estos momentos son los últimos,
te empeñas en vivirlos más fuerte, más despacio, más intensamente.
Para no lamentarte de nada.
Finalmente, haces las maletas.
Con el estómago encogido y el corazón lleno del amargor de las últimas veces.
Sabes que volverás.

Hay lugares que se quedan contigo mucho después de haberlos dejado. Andalucía fue uno de ellos. Esta imagen no intenta describir una región. Intenta capturar ese instante en que una cultura te habla directamente, cuando los humanos están tan presentes en un paisaje que el territorio sin ellos ya no tiene sentido.