​​​​​​​Gran Canaria. 2024.
Hay días en que uno se alegra de los atardeceres,
de los granos de arena entre los dedos de los pies
y de las cañas en terraza.
Y luego están los otros días.
Los días en que uno sabe que hay que irse.
Esos en que hasta el crepúsculo ha dejado de ser portador de esperanza.
Ni el balanceo del agua bajo el sol naciente
ni la suavidad del sol que acaricia los bosques bajo el calor ya pesado,
ni los pinos anegados en la luz brumosa,
ni los flancos ocres de la montaña
cuya tierra seca se desmenuza bajo los árboles quemados del bosque diezmado.
Porque uno había cogido la costumbre de querer quemarse los pies en la arena negra y la piel bajo el agua demasiado caliente de la ducha,
bailar bajo el cielo que se vuelve rosa y hasta el cierre del bar,
y incluso matar algunas cucarachas cada mañana al levantarse, al ir a hacer el café.
Habrá que renunciar a esos suspiros de asombro
ante cada curva de la carretera que deja entrever un nuevo flanco de montaña,
un nuevo acantilado,
un panorama,
casas encajadas en la roca roja
o los destellos apacibles del agua en el fondo del cañón.
Habrá que encontrar otro cielo en el que contar las nubes
para acabar concluyendo que hay muchas.
Y luego, finalmente,
en el cansancio brumoso de una mañana soleada,
hay que renunciar a las montañas a perder de vista,
al mar a lo lejos a pesar de la bruma,
a las carreteras que serpentean por los flancos abruptos,
a las casas incrustadas en la roca roja,
a las montañas majestuosas, imperiosas,
a los valles áridos, secos y pedregosos.
Uno se da cuenta de que se había encariñado con ese pequeño estudio de paredes blancas,
e incluso con los mensajes filosóficos de los cuadros de decoración comprados baratos para "darle carácter".
"Live, travel, repeat" dicen.
Si supieran.
Si supieran que las lágrimas que se niegan a caer cuando te arrancan del único lugar que querrías llamar casa. Que el corazón duele cuando respiras.
Cuando entiendes que se acabó.

Playa de Tufia, antes del amanecer. 
El mar quieto. 
Hay un silencio particular antes de los finales. 
No vacío, sino lleno de todo lo que todavía no se ha dicho.