Tenerife. 2024. 
Esta vez, sí, huimos.
El invierno,
el gris,
lo monótono y lo apagado,
lo triste y las calles sin vida de las capitales.
Huimos de las garras hostiles de la vida adulta
— esa en la que los "besos" se convierten en "un abrazo"
y en la que el historial de Google muestra "fecha límite declaración de la renta".
Huimos hacia la espuma blanda que hace cosquillas en los dedos con el esmalte descascarado,
hacia las caricias de las olas sobre la arena mojada,
hacia el aire helado de enero que vacía las terrazas de los cafés
en un viento nocturno tibio que barre el agua centelleante.
Vamos a buscar el sol de febrero que calienta las pieles morenas azotadas por sus rayos tibios,
disuelve la palidez invernal
y entierra — eso esperamos — las angustias y las dudas.
Recorremos las carreteras infinitas que navegamos al azar,
lanzados a la vida
— esa en la que uno toma conciencia de que algún día sus padres ya no estarán
y en la que el domingo por la noche aprieta el estómago.
¿Sabes?
Uno está perdido
en este mundo demasiado grande,
ante este océano demasiado vasto,
en esta vida adulta,
pero no se atreve a decirlo del todo porque es también la edad en que tu mejor amigo anuncia su boda y tu primo su segundo hijo.
Entonces huimos,
esperamos poder dejarnos llevar,
como las boyas amarillo canario mecidas por el océano verde,
y derivar sin darse cuenta del todo.
Seguimos yéndonos.
Obstinadamente.
Orilla. Foto sacada en Los Gigantes.
Orilla. Foto sacada en Los Gigantes.
Aliento. Foto sacada en las montañas de Masca al atardecer.
Aliento. Foto sacada en las montañas de Masca al atardecer.
Inmensidad. Foto sacada en Los Gigantes.
Inmensidad. Foto sacada en Los Gigantes.
Tacto.
Tacto.