Grecia. 2024.
Y un día, hay que irse.
Trastornar todas las certezas apenas adquiridas
y darle la espalda a lo que hace latir el corazón.
Algunas partidas tienen un sabor más amargo que otras.
Entonces, hay que apostar por el mito griego para reponerse.
Recorrer las calles de Atenas como uno se evade en la literatura para soportar la existencia.
Buscar los pasos de peatones,
entender que no los hay,
resignarse a arriesgar la vida cada vez que se cruza una calle.
Fundirse en la vida ralentizada por el calor sofocante :
los taxis amarillos,
la luz dorada de la mañana sobre Monastiraki,
el olor a sudor en el metro,
los callejones a rebosar de Plaka, sus tiendas de turistas y sus balcones floridos,
el conductor del autobús que fuma al volante,
los pains au chocolat tibios y fundentes del coffee shop de la esquina,
el traqueteo chirriante del metro aéreo,
los adoquines irregulares,
las terrazas abarrotadas y los gyros imposibles de comer.
Deleitarse pudiendo volver al aire acondicionado al llegar a casa.
Descubrir el puerto del Pireo,
su capilla blanca de techo azul,
sus barcos zarandeados por las olas indolentes,
sus playas pedregosas y sus gatos callejeros.
Adoptar como ritual los paseos del final de la tarde tibia por la colina de Filopappos,
con vistas al Partenón
y al mar Egeo a lo lejos.
Aferrarse a las noches de barbacoa en las azoteas de Atenas, con 10 personas de 9 países distintos,
en Monastiraki,
sus terrazas animadas,
sus calles estrechas salpicadas de faroles de colores
mecidas por el tarareo de los bouzoukis.
Al volver, vagar entre las luces multicolores de Psyrri,
al son de los lamentos de un acordeón
bajo los faroles que flotan en el cielo azul
mientras la Acrópolis iluminada vela a lo lejos.
Algunas noches, tumbarse bajo las estrellas
y dejar correr las lágrimas que se estrellan contra la alfombra pegajosa,
sin poder detenerlas,
hasta que el aire vuelve a ser respirable
otra vez,
llenando los pulmones como si uno remontara a la superficie
después de semanas bajo el agua.

Hora quieta. Aegina. 

Soledad. Sifnos. 

Dejar un territorio donde uno empieza a pertenecer tiene un precio. 

Despues de nueve meses en España, me mudé a Grecia.

Con el tiempo, se llega. Se aprende a estar.