Valencia. 2025-2026.
Uno aspira a la libertad absoluta, a enamorarse un poco más de la vida cada día
y rechaza la idea de tener certezas.

Y luego un día,
el señor de la tienda de la esquina conoce tu nombre.
Un día,
— un sábado por la mañana, exactamente —
como todos los sábados por la mañana,
se va al mercado a las 7h30 para evitar la gente,
se llena de verduras frescas para la semana
y uno se da cuenta de que eso se parece bastante a una rutina.
A la hora de la comida, se camina hasta el puerto para hacer yoga
y uno se da cuenta de que siempre coloca su esterilla frente al mismo pontón.
Uno está casi acostumbrado a los petardos que explotan bajo los pies
y a las alertas de inundación que hacen sonar todos los teléfonos a la vez en el metro.
Se sonríe al reencontrar el olor de casa.
Se reconoce a los turistas a kilómetros de distancia.
Uno ya no se siente del todo de fuera. Aunque siga refunfuñando cuando una bici se salta un semáforo, también siente el corazón calentarse ante la sonrisa contagiosa de la panadera que atiende a sus primeros clientes.
Se recorre la ciudad sin GPS
y se han cruzado ciertas sonrisas suficientes veces para que se conviertan en palabras.
Uno entiende,
— no, mejor, uno siente —
lo que es pertenecer.
Por fin, uno se siente pertenecer.